Por: Isabel Cavelier Adarve, Cofundadora de Transforma y asesora senior de Mission 2020

13 de noviembre de 2020

Publicada en El Tiempo

Biden, clima y América Latina

La elección de Joe Biden significa el retorno de Estados Unidos a los esfuerzos globales por enfrentar el cambio climático. Para el mundo es una buena noticia, y para América Latina un nuevo impulso para avanzar en la transición hacia un futuro regenerativo y en armonía con nuestro planeta, para nosotros y las generaciones futuras.

La atención está volcada en la recuperación económica y los esfuerzos por atender la emergencia de salud por la que pasa Estados Unidos y el mundo – las dos cosas están profundamente ligadas con los esfuerzos por construir una economía compatible con el clima y nuestro entorno natural-.

Las encuestas a los votantes estadounidenses lo dicen todo, la propia Fox News publicó resultados claros: el 72 por ciento de los ciudadanos encuestados, tanto demócratas como republicanos, están preocupados por el cambio climático, mientras que el 70 por ciento apoya aumentar el gasto en energías limpias. El respaldo a la política climática se está convirtiendo – como debe serlo – en una prioridad que no tiene color político y concierne a todos.

Sin embargo, el gobierno saliente de la Casa Blanca ha hecho todos los esfuerzos por desmantelar las medidas globales y nacionales para atender esta amenaza planetaria. Tras abandonar el Acuerdo de París ha reversado cuantas regulaciones federales ha podido, buscando favorecer las industrias de los combustibles fósiles. A pesar de ello, en Estados Unidos el carbón está destinado a desaparecer de manera definitiva, y las industrias de las energías renovables y la tecnología limpia han crecido rápida y decididamente.

Biden no llega a empezar de nuevo. Empresas, gobiernos estatales y municipales, inversionistas y ciudadanos han mantenido su compromiso con la acción climática, a pesar de los cuatro años de ataques federales. Le dará viento a las velas para avanzar a la velocidad que requiere la ciencia: reducir a la mitad las emisiones de gases de efecto invernadero y restaurar nuestros ecosistemas en diez años.

Esa es la dimensión del reto que América Latina también deberá asumir con impulso renovado. El cambio de administración tendrá grandes implicaciones para la región: desde el reinicio del flujo de recursos de cooperación enfocados en cambio climático, hasta la redefinición de la agenda diplomática con Estados Unidos.

En lo que refiere a los estadounidenses, la consecuencia más significativa será el cambio en su política energética federal. Este nuevo impulso podría incluir hasta un movimiento determinado hacia el abandono paulatino y definitivo de todos los
combustibles fósiles.

Latinoamérica, que es altamente dependiente de estos tanto como de commodities de exportación y para su consumo interno (más allá de la generación de energía eléctrica), tiene la oportunidad de montarse en el momentum internacional e invertir en su propia transición con el apoyo del nuevo gobierno federal estadounidense. Desperdiciarla sería no sólo costoso sino miope respecto de la planeación de nuestro propio futuro.

Para la región, la lucha contra la deforestación debe ocupar el primer lugar en la lista de prioridades de cooperación con el equipo renovado en la Casa Blanca y el Departamento de Estado. Se trata de un asunto de relevancia nacional y global, cuyas consecuencias sobrepasan cualquier otro desastre del que seamos testigos actualmente.

El apoyo tecnológico, financiero, de seguridad, y relativo a los esfuerzos para la inclusión social y económica de las poblaciones de las que depende el bosque debería ser de las proporciones y características del que fuera el Plan Colombia, con la diferencia de que esta vez está en juego el equilibrio climático e hidrológico de toda la biósfera.

Hasta ahora la región ha estado dando palazos de ciego, invirtiendo en fracking, con esfuerzos infructuosos en reducir la deforestación, y algunos gobiernos mostrándose complacientes con las políticas pro-fósiles de Trump, en los últimos cuatro años. Esto tiene que cambiar de inmediato. 2020 es el año de inflexión. El tiempo apremia, y nuestro futuro regenerativo nos espera.

Isabel Cavelier Adarve
Cofundadora de Transforma y asesora senior de Mission 2020